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martes, 11 de mayo de 2021

RESEÑA “RECUERDOS DE UN CALLEJÓN SIN SALIDA – BANANA YOSHIMOTO”


Título: Recuerdos de un callejón sin salida.
Autor (a): Banana Yoshimoto.
Editorial: Tusquets Editores.
Fecha de publicación: 2011.
Número de páginas: 212.
Compra en: Amazon (papel o Kindle) / Gandhi (papel o ebook) / Porrúa (papel o ebook)

SINOPSIS

Cinco personajes que, tras vivir momentos dolorosos, se preguntan sobre el sentido de la vida, y sobre la posibilidad de ser felices, vertebran los cinco relatos que componen este volumen. Si, en «La casa de los fantasmas», dos compañeros de universidad traban una intensa amistad que tras una larga separación se convertirá en un amor profundo, el segundo relato, «¡Mamaaa!», narra la historia de una joven que trabaja en una editorial y que, tras un incidente, tardará en recuperar la fe en las relaciones humanas. A su vez, «La luz que hay dentro de las personas» relata una hermosa pero trágica historia de amistad entre niños. En «La felicidad de Tomo-Chan», la ingenua protagonista consigue, pese a la adversidad, no perder jamás la esperanza y disfrutar de lo que le brinda el día a día. Por último, en «Recuerdos de un callejón sin salida», Mimi se desmorona cuando descubre que su novio la ha abandonado, y sólo la relación con Nishiyama, un joven que trabaja en un bar situado en un callejón sin salida, la ayudará a superar la tristeza.
  
MI OPINIÓN
(Sin spoilers)

"Recuerdos de un callejón sin salida" es el tercer libro que leo de la autora japonesa Banana Yoshimoto. En cada ocasión, he disfrutado leyendo a la autora y, esta vez, no ha sido la excepción.

 
El libro es una colección de relatos y su título corresponde al último y quinto de ellos. Todos están narrados en primera persona y dan voz a cinco mujeres muy distintas que atraviesan o atravesaron situaciones que han marcado sus vidas. 


Es fácil identificarse con los personajes. Las historias que se narran son tan humanas que la sensación de empatía va acrecentándose conforme se va avanza con la lectura.

 

La sinopsis es muy clara respecto a de qué va cada relato y todos están impregnados de cierto aire de tristeza que se contagia, e inclusive la autora, al final del libro, se disculpa, pero señala que es una tristeza necesaria, aunque a mí, además de necesaria, me ha parecido una tristeza muy bonita.

 

Mis relatos preferidos han sido “La casa de los fantasmas”, “La luz que hay dentro de las personas” y “Recuerdos de un callejón sin salida”. Si bien son relatos melancólicos, también se vislumbra una esperanza, una salida, un nuevo comienzo.

Frases

"Iwakura tenía algo extraño, a medio camino entre la alegría y la tristeza, como un cielo nublado en pleno invierno".

"Al pensar que iba a marcharse, se me encogió el corazón, y una extraña sensación de soledad me invadió. En lo alto, el cielo se había teñido de tirsteza".

"Cuando me miraban, sus ojos eran los de una persona enamorada. Encendidos, como a punto de derretirse. No era una mirada ávida, sino la mirada de un hombre que observa algo preciado".

En conclusión: Un libro que recomiendo mucho pues la autora tiene una forma preciosa, sutil y hasta poética de plasmar las emociones y retratar las situaciones en todas sus historias. Ojalá se animen a leerlo.

Mi puntuación:
5/5
IMPRESCINDIBLE
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Sobre el autor (a): Banana Yoshimoto (Tokio, 1964) estudió literatura en la Universidad de Nihon. Con Kitchen, su primera novela, ganó el Newcomer Writers Prize en 1987, cuando todavía era una estudiante universitaria, y un año después se le concedía por la misma obra el premio literario Izumi Kyoka. Entre otros galardones, ha recibido en Italia el prestigioso Premio Scanno. Yoshimoto es ya autora de una dilatada pero exquisita obra compuesta de ensayos, novelas como N.P., Amrita y Tsugumi, y los libros de relatos Sueño profundo, Recuerdos de un callejón sin salida y Lagartija. Desde 1991, año en que Tusquets Editores publicó Kitchen, Yoshimoto se ha convertido, junto con Haruki Murakami, en una de las voces más prestigiosas de la literatura japonesa actual.
Lila Tenorio.

lunes, 16 de octubre de 2017

NUEVOS ESCRITOS "FERMÍN (RELATO)"

Una de las cosas que más disfruto, independientemente de leer, es escribir, así que en esta tarde traigo para ustedes una nueva sección del blog en la cual compartiré con ustedes un poco más de lo que escribo, dando inicio con un relato que he titulado "Fermín", espero se animen a leerlo y me cuenten en los comentarios qué les ha parecido. ¡Saludos, lectores! 


FERMÍN

La mayor parte del tiempo se le veía solo. Caminaba sin rumbo fijo por las calles de la ciudad. Su cabello enmarañado le llegaba al hombro y su barba blanca lucía ya grisácea a causa de la mugre. Vestía un traje café tan gastado, que tenía hoyos en todas partes, pero sus botines negros los llevaba invariablemente brillantes. Cargaba siempre con una botella de whisky, aunque por extraño que parezca, nunca se le vio borracho.

En sí, era un mendigo. Un hombre como muchos de los que se llegan a ver en las grandes o pequeñas ciudades. Los encuentras en todos lados: en las iglesias, en las banquetas, fuera de los restaurantes, y alguna vez hasta apostados a la puerta de mi casa, ocasión en la que mi madre sacó la escoba y a voz en grito corrió a aquel intruso de la entrada.

Mi padre los calificaba como gente sin oficio ni beneficio, pero yo siempre creí que todos ellos tenían una historia que contar, aquella que los había llevado a pasar sus días de ese modo, lejos de todo y de todos, lejos de hasta la vida misma.

Así era Fermín. Bueno, en realidad no se llamaba así, pero para un niño de diez años, Fermín era tan adecuado como cualquier otro nombre. Lo veía habitualmente en el mismo lugar: en el parque que se ubicaba enfrente de la oficina de papá. Se sentaba en una banca cerca de la fuente, a la misma hora, sin importar si llovía o si el sol abrasaba.

Se decían muchas cosas de él,
 y cada vez que alguien lo mencionaba yo prestaba total atención, más aún que en mis clases de francés, y eso que la maestra me gustaba. Para mí, Fermín era un personaje grandioso y a los empleados de mi padre no les pasó desapercibida mi creciente fascinación. Fueron ellos los que me contaron parte de lo que había sido su vida, el resto, lo importante, lo supe directamente de él.

«Fermín no siempre fue mendigo», fue la primera verdad que llegó a mis oídos y me pareció increíble. Un hombre de mundo, de buena familia y con dinero. Para ser sincero no podía imaginarlo así, sentado en un auto de lujo mientras dirigía sus negocios. Ni siquiera me lo podía imaginar limpio, sin barba o con el cabello corto.

Después de saber eso, difícilmente podía despegar los ojos del parque. Seguía a Fermín con la mirada y a mi padre le molestaba. Decía que me gustaba perder el tiempo, pero fue él quien puso la idea en mi cabeza.

«¿Qué planeas? ¿Hacerte amigo de un mendigo?», fue lo que dijo, y el solo hecho de pensarlo revolucionó mis días. No sé si fui su amigo, a veces quiero creer que sí, o quizá solo lo hartó la mirada insistente de un niño y respondió a mis preguntas para que simplemente lo dejara en paz.

Comencé a bajar al parque todas las tardes cuando papá estaba en junta. Fingía estar entretenido con la fuente, con los pájaros que se veían en los árboles, con los demás niños que se divertían en los columpios o jugando a la pelota, pero indiscutiblemente estaba al pendiente de Fermín. Recuerdo que después de un tiempo comenzó a hablarme, en realidad no mucho, pues parecía gustarle el silencio, aunque lo poco que decía siempre me pareció importante.

Era un hombre sumamente inteligente, casi como mi padre, lo sabía por las palabras que utilizaba cuando hablaba, dado que algunas ni las entendía. A veces, me contaba de lugares que ni siquiera había escuchado nombrar. Describía absolutamente todo, y lo hacía despacio, concienzudamente, utilizando un tono de voz que solo después pude identificar como añoranza.

No pasó mucho tiempo en que mi padre se diera cuenta de que bajaba al parque a hablar con Fermín, y me prohibió rotundamente el seguir haciéndolo. Fue la primera vez que me sentí verdaderamente triste. No obstante la prohibición, decidí despedirme de él y hacerle una última pregunta: «¿Qué lo había llevado a vivir así?». La mente de un niño consideraba inconcebible que un hombre con dinero y cultura fuera un simple mendigo.

Aquella tarde en que lo vi por última vez, llovía a cantaros. Corrí por el parque envuelto en un impermeable amarillo hasta llegar a donde estaba, y aun hoy, la frase que pronunció sigue resonando en mi memoria. Fue una respuesta profunda, propia de un hombre que ha dejado ir toda esperanza, aunque no apta para que un niño la entendiera.

Lo que en esa tarde trató de explicarme cobró sentido mucho tiempo después, cuando pude entender las vicisitudes de la vida. Ahora, que soy un adulto, sobra decir que las palabras de Fermín siguen haciendo eco en mis días.

Me habló de la única cosa que puede llevar a un hombre a lo más alto del cielo y al mismo tiempo sumergirlo en un pozo sin fondo. Lo que me dijo fue: «Fui dueño del amor y lo perdí».

Lila Tenorio.